lunes, 27 de octubre de 2008

Capítulo 34

Capítulo 34

Priest conducía a toda velocidad en dirección a la autopista. A ambos lados de la avenida había bastantes coches estacionados en doble y hasta triple fila. Muchos de ellos con las puertas abiertas. Ni rastro de gente.

Antes de enfilar la entrada a la autopista comenzó a llover con bastante intensidad. –La radiación –pensó‑, ¿me afectará? Nunca se había enfrentado a este elemento. –Bueno –se dijo– pronto lo sabré. Sin embargo estaba seguro que sería totalmente inmune a ella.

Al llegar al primer peaje se encontró con bastantes automóviles parados delante de las cabinas de cobro. Todos abandonados. Aunque en alguno de ellos sí veía personas dentro, todas supuestamente muertas o a punto de estarlo. Aceleró y rompió una de las débiles barreras de madera y continuó su camino.

Cuando llegó a la altura de Pontevedra se encontró con un caos. Un tumulto de vehículos ardiendo le impedía continuar. Decidió, non sin un profundo malestar, continuar a pie e ir hacia la ciudad.

Al aproximarse a la ciudad percibió dos cosas, un hedor insoportable, que procedía seguramente del montón de cuerpos apelotonados en el estadio y un silencio ténebre, sepulcral. Cuando llegó a una gasolinera vio a dos mujeres que se dirigieron inmediatamente hacia él, una de ellas con el uniforme de la policía nacional. –Ya estamos –pensó–, los estragos de la infección le iban a incordiar sobremanera antes del llegar a su destino. Sin embargo su instinto le decía que algo no estaba bien, las mujeres lo miraban a los ojos sin temor y no podía controlarlas.

–¿Pero qué...? No pudo concluir. Nada más aproximarse las dos mujeres se abalanzaron sobre él. Estaba estupefacto, no podía controlarlas y eso no había sucedido nunca.

Sus ojos estaban no estaban inyectados en sangre como los sujetos del hotel, estaban cubiertos de una película blanquecina, quizá por eso no podía ejercer su poder sobre ellas. No hubo tiempo a pensar más sobre ello. La policía logró sujetarle un brazo y, ante su asombro, le mordió, arrancándole de cuajo un buen pedazo de carne.

Reaccionó propinándole una patada y lanzándola unos metros hacia atrás y sujetó a la otra por la cabeza, partiéndole el cuello sin miramientos. La primera mujer se levantó y se dirigió hacia él de nuevo sin temor. De un salto se puso delante de ella y la sujetó por el cuello, se disponía a rompérselo cuando por el rabillo del ojo vio que la otra se erguía. –Imposible –dijo en voz alta–, qué está pasando aquí.

Hastiado del enfrentamiento, empujo a la policía, se agachó y sacó el contenido de su bolsa de deporte. Una preciosa espada templaria con una hoja de ochenta y cinco centímetros de doble filo y extremadamente cortante. La empuñó y con un giro perfecto decapitó a una de ellas y a la otra le atravesó el corazón.

Se disponía a guardar de nuevo su espada cuando la última mujer se incorporó nuevamente dirigiéndose hacia él. Entonces decidió experimentar. Con una precisión de cirujano le amputó ambos brazos. Nada. Tras un traspiés siguió avanzando. Dio dos pasos hacia ella y agachándose levemente le seccionó una pierna, derribándola en el acto. Increíblemente seguía intentando incorporarse a pesar de haber perdido prácticamente toda la sangre. Entonces optó por atravesarle la cabeza. Ahora sí acabó con ella.

Limpió la espada en las ropas de su víctima y aún atónito por lo sucedido la introdujo nuevamente en su bolsa.

Empezó a pensar si los efectos de la radiactividad habrían logrado una mutación en el virus. ¿Sería eso? De todas formas tampoco le debería de afectar a él, puesto que su brazo estaba prácticamente regenerado.

Aún así decidió que sería más seguro hacerse con un vehículo. Echó un vistazo alrededor y sonrió al ver un Xara de la policía nacional. Registró el cuerpo de la mujer y se hizo con las llaves del vehículo así como con su arma reglamentaria. No se lo pensó, se montó en él y lo encendió. Tenía poco más de medio depósito, de sobra. Enfiló la carretera N-550 en dirección norte, eufórico tras su enfrentamiento y seguro de su destino.



lunes, 20 de octubre de 2008

Capítulo 33

Capítulo 33


–Vamos a ver, nos estás contando que pulula por ahí un… no sé, un inmortal, un puto vampiro. ¿Qué coño es entonces? –inquirió Toni.

–Nada de eso, que yo sepa los vampiros no existen –bromeó Charles, intentando relajar la tensión reinante–, por lo menos no es este el caso, aunque puede haber similitudes con lo que conocéis del tema.

–Explícate –rogó Nuria.

–Podríamos llamarle un no-muerto, si queréis. Como os dije puede haber ciertas coincidencias con la literatura fantástica sobre los vampiros. Este ser, al igual que ellos, posee una capacidad física descomunal, tiene la fuerza de diez hombres, es capaz de correr casi al doble de velocidad que una persona normal, puede ejercer control mental sobre la mayoría de los individuos sólo con mirarles a los ojos, cuanto más débiles mejor. Así que, si os encontráis frente a él ni se os ocurra sostenerle la mirada. La luz del sol no lo daña en absoluto, pero sí lo debilita. Su cuerpo se regenera con mucha rapidez de cualquier herida sufrida. Yo mismo presencié como dos docenas de balas impactaban en su espalda y no lo detenían en absoluto.

–Y entonces, si tan poderoso es, ¿cómo coño se puede acabar con él, cómo piensas hacerlo? –preguntó Toni.

–Puede morir, eso es un hecho, pero sólo separándole la cabeza de los hombros o quemándolo, no hay otra manera. Las heridas en el torso o en la zona del corazón (si es que lo tiene) lo debilitan, especialmente si son de arma blanca. Y si pasa mucho tiempo sin alimentarse, debido a su metabolismo, también se vuelve más vulnerable.

–Y las balas de plata y… ‑comenzó Jorge.

–Ni balas de plata, ni crucifijos, ni nada. Sólo en la luz del sol tenemos un aliado, pero ojo, no lo incapacita en absoluto. Es durante el día cuando es conveniente enfrentarse a él, durante la noche es casi un suicidio.

–¿Por qué lo persigues, más allá de la venganza personal? –recordó Toni
–No es por venganza, eso fue lo que movió a mis antepasados al principio. Lo perseguimos porque es un asesino despiadado que va dejando un reguero de cadáveres a su paso. Priest es un sanguinario, bastante más que su antecesor, no mata sólo para alimentarse, lo hace por mero placer.

–¿Cómo que para alimentarse, de qué se alimenta? –preguntó Nuria mientras un escalofrío recorría su espalda.

–De sangre humana –contestó después una pausa‑. Secciona la arteria del brazo de sus víctimas, aún vivas, y las seca literalmente.

Todo el mundo se quedó mudo, nadie sabía qué decir. Las muecas de asco se sucedían. Finalmente Carlos rompió el silencio.

–Ahora comprendo para qué necesitabas mi catana pero, ¿sabes usarla?

–No es mi especialidad, preferiría una buena espada de acero toledano, pero sí, sabría usarla en caso de necesidad. Mi familia ha mantenido viva la tradición por la esgrima, más por necesidad, como podéis entender.

–Lástima que no tengamos oportunidad de probarnos –bromeó Carlos.

–Tendría ventaja sobre ti, aunque la catana es bastante más cortante, tus manos estarían expuestas al no llevar guarnición y serían mi primer objetivo –contestó risueño.

–Vale está muy bien que os hagáis los duros, pero la pregunta es sencilla y creo que todos nos la hacemos: ¿Y ahora qué, cual es el plan, tendremos que ayudarte, qué pasa con la radiación, cómo vamos a sobrevivir? –inquirió María con desesperación en su voz.

–Os pido vuestra ayuda, yo sólo no puedo acabar con él, luego podremos ocuparnos de todo lo demás –rogó mirándola a los ojos.

–El plan es bastante sencillo…

–¡Joder!, la última vez que oí eso acabé con dos tiros en el pecho –exclamó Toni.

–Como iba diciendo, en principio, es bastante fácil. Yo seré el cebo, él vendrá a mí y luego, lo liquidamos.

–¿Cómo sabes que vendrá a ti? –interrogó María.

–Bueno parece que existe una especie de conexión mental entre nosotros, no me preguntéis cómo –añadió haciendo un gesto con su mano adelantándose a las preguntas–, el caso es que está ahí y puedo “sentirlo” cuando está cerca.

–Lo lógico es que a él le pase lo mismo –replicó Toni.

–Sí, pero no contará con vosotros. ¿Me ayudaréis?

–Es lo menos que podemos hacer por ti después de salvarnos la vida, ¿no creéis? –añadió Toni mirando a los demás.

Todos asintieron.­
–Bueno y ahora creo que deberíamos intentar dormir, yo por mi parte estoy molido y necesito mis ocho horas de sueño –agregó Toni quitándole hierro al asunto.

lunes, 13 de octubre de 2008

Capítulo 32

SEGUNDA PARTE: EL REINADO DE LOS INFIERNOS

Capítulo 32


–Todo se remonta a hace miles de años –comenzó con un rictus tenso­–, quizá a la civilización mesopotámica, aunque no existen datos fiables hasta bien entrado el siglo XVI. Según las leyendas, Naram-sin, que fue nieto de Sargón I, rey de los acadios, después de lograr unificar Mesopotamia se autoproclamó una deidad. Esto enfureció al verdadero dios Inanna que alzó a los Gutis (un pueblo de las montañas) contra él, destruyendo a los acadios y envolviendo a la región de nuevo en un caos. Al mismo tiempo vertió sobre él una maldición condenándolo a vivir eternamente, así como a sus descendientes, que serían varones. Los datos históricos revelan que Naram-sin falleció en el 2218 a.C., sin embargo escritos de diferentes pueblos a lo largo de los siglos venideros hablan de un extraño ser, un semidiós, que no puede morir. Existen testimonios que narran incluso que llegó a unirse a diversos faraones. Puede que sean sólo cuentos de viejos. Sin embargo, se encontró un documento escrito que aseguraba que un tal Anoshag (inmortal en persa antiguo), fue uno de los lugartenientes del mismísimo Jerjes.

–Espera, espera –interrumpió Nuria–, ¿Jerjes? Eso fue allá por el siglo V a.C si no recuerdo mal. ¿Estás diciendo que había una persona que llevaba viva mil quinientos años? Es imposible, no me lo creo –concluyó riéndose.

–Por favor, previamente os dije que fueseis receptivos, dejadme concluir –rogó.

–Anoshag era famoso por su destreza en el combate, caía herido y se recuperaba con pasmosa facilidad, era a todas luces invencible, aunque es posible que el rey conociera su secreto y simplemente lo usase para lograr sus objetivos más fácilmente. Jerjes, cansado de lanzar a sus hordas contra los espartanos sin lograr avances, retó en combate singular a Leónidas. Éste rechazó la oferta y solicitó un voluntario entre sus hombres. Fue su capitán quién combatió contra Anoshag, decapitándolo. No sé porque los griegos obviaron esta parte de la historia, quizás no dieron mayor importancia al hecho en sí. Lo que pasó luego con Jerjes y Leónidas es de sobra conocido. Todo parecía que iba a acabar ahí, sin embargo Anoshag había engendrado un hijo –hizo una pausa para tomar un trago de agua–.

–Luego se le pierde la pista aunque hay algún relato de la época romana, incluso de los árabes en España que hablan de un guerrero invencible que no envejece. Nada fiable. Probablemente durante la Edad Media lograsen hacernos el favor y lo quemasen en la hoguera, aunque son sólo elucubraciones. Lo que sí empezamos a tener documentado es a partir de 1580. Creemos que es el nieto de Anoshag y lo creemos porque literalmente murió y resucitó.

–¿Pero qué coño…? –interrumpió Toni.

–Sigo –continuó Charles mirándolo molesto por la interrupción–. Un antepasado mío, Scott Duncan, se enzarzó en una pelea contra alguien llamado Leonard y lo mató. Luego, como era costumbre, procedió a darle sepultura. Dos días más tarde Leonard entró en su casa mientras almorzaba con su familia y los asesinó a todos menos a su hijo, que logró escapar. A partir de ese momento mis ancestros se han dedicado a perseguirlo hasta dar con él. Lo encontraron en Rusia y le dieron caza hasta acorralarlo en una recóndita región de Siberia en 1908, donde fallecieron todos por la explosión de lo que parece ser que fue un meteorito.

–En Tungunska, si no me equivoco –aclaró Carlos.

–Efectivamente, así es –asintió Charles–. Sin embargo nuevamente nos equivocamos, había dejado descendencia. Alguien llamado Priest, que ha llegado hasta nuestros días. Según mis últimas informaciones está en Vigo.

–Hasta aquí la narración, ahora os diré a qué nos enfrentamos –concluyó mirando los rostros incrédulos y pálidos de los presentes.

miércoles, 6 de agosto de 2008

Comentario del autor

Bueno, hasta aquí la primera parte.

Ahora me tomaré unas vacaciones y nos veremos en septiembre con la segunda: El reinado de los infiernos. Buen verano a todos. Saludos.

martes, 5 de agosto de 2008

Capítulo 31

Capítulo 31


Priest se había quedado dormido después de dar rienda a sus instintos en la habitación de al lado. Todo se ponía a su favor. Ahora, mientras sentía el temblor bajo sus pies sabía que la civilización finalmente se desplomaba y el estaba gozando del momento. Su momento. Se acercaba el final. No, un nuevo comienzo.

Aunque era de día y eso representaba para él un riesgo, decidió emprender su viaje, seguro de sus posibilidades de éxito. Fue a su habitación, se dio una ducha y se cambió de ropa.

Más tarde ya aseado y con una bolsa de deporte en su mano se dirigió al ascensor y pulso el botón de recepción. No había descendido ni un piso cuando se apagaron las luces y se encendieron las de emergencia. Se había cortado la corriente eléctrica. Se concentró unos instantes y logró abrir las puertas del ascensor con aparente facilidad. Estaba detenido entre dos plantas. Decidió salir por la parte de abajo, obviando el riesgo de que se pusiera de nuevo en marcha y lo partiese en dos. No era ese su destino. Se dirigió a las escaleras, abrió la puerta y se encontró con dos individuos que se abalanzaron sobre él, sorprendiéndolo unos instantes.

A uno de ellos lo lanzó contra la pared y al otro lo sujetó por el cuello.

‑¿Qué coño pasa aquí? –se preguntó‑. El que estaba sujetando logró zafarse de su presa y cayó al suelo, mientras que el que había arrojado contra la pared se levantaba sin aparente esfuerzo.

–Imposible –pensó‑. Los dos deberían estar muertos. Entonces se fijó en que su estado no era precisamente normal. Sus ojos estaban inyectados en sangre, mostraban una rigidez en sus manos que formaban una especie de garras y una ligera espuma corría por la comisura de sus labios.

–Vaya, vaya –exclamó mirando directamente a los ojos del que se dirigía de nuevo hacia él‑, así que la infección tiene algún efecto secundario. El hombre se quedó inmóvil, pasivo.

Se agachó y levantó al otro agarrándolo de nuevo por el cuello, sus ojos se cruzaron y lo dejó caer. Se quedó también totalmente quieto.

‑Impresionante –aseveró pasmado‑, es más fácil dominarlos ahora en este estado.

Los dos sujetos bajaban las escaleras delante de él, en trance. Su débil mente les forzaba a obedecer. ¿A cuántos más en este estado se encontraría? Decidió averiguarlo.

En recepción se topó con cuatro más que comenzaron a caminar hacia él. Fue sencillo. Los seis individuos estaban bajo su control. Cogió las llaves de los automóviles que encontró y se dirigió por las escaleras hacia el aparcamiento. Una única orden salió de su mente y los sujetos comenzaron a atacarse mutuamente. No se quedó a ver el baño de sangre.

Entre todos los vehículos destacaba sobremanera un precioso Audi R8 de color blanco. Tras encontrar la llave no se lo pensó y se montó en él. Salió del garaje rompiendo la débil barrera de madera y enfiló la avenida siguiendo las señales en dirección a la autopista.


A petición de Charles hicieron una parada en el centro comercial próximo al centro de salud. Estaba abandonado. Entró rompiendo una de las enormes cristaleras y salió a los pocos minutos con bolsas llenas de cinta aislante.

‑¿Y esto? –preguntó intrigada Sonia.

‑Nos ayudará a aislar algo más puertas y ventanas –sonrió.

Cuando llegaron a su casa la encontraron a oscuras. Carlos enfiló hacia la entrada del garaje y estacionó el coche fuera.

‑Será mejor que cierres la puerta de la entrada de la finca –sugirió Charles.

Carlos asintió mientras los demás entraron.

Cuando estuvieron todos reunidos en el salón Charles les dio unas breves nociones sobre radiactividad y sus efectos. Todos escuchaban aterrados con una expresión de gravedad en sus rostros. El silencio era tétrico.

‑Bien, es hora de ponerse manos a la obra –anunció Charles.

‑¿Cómo es que no hay corriente? –indagó María.

‑Seguramente algunas centrales habrán caído debido a la explosión o simplemente habrán sido abandonadas sin más, apenas pueden funcionar unos días sin el debido mantenimiento.

‑Bueno, dispongo de un pequeño generador –expuso Carlos.

‑Entonces es un buen momento para que lo revises y lo pongas en marcha, ¿cómo estamos de víveres y agua?

‑Sobrados para un mes al menos –masculló Toni dolorido por su costilla.

‑Lo que tenemos que hacer es bastante sencillo. Las persianas metálicas son un excelente aislante pero debemos tapar todos los resquicios con la cinta. No os preocupéis –dijo intuyendo la pregunta por sus caras‑ no nos asfixiaremos. Aun tapándolo todo muy bien entrará suficiente aire. Así que dividámonos, las chicas a usar la cinta y los demás trasladaremos los víveres a la bodega. Nadie puso objeciones y se pusieron a ello.

En apenas una hora habían concluido, estarían un poco justos de espacio pero podrían aguantar.

‑Buen trabajo –felicitó Charles animándolos‑, la puerta del garaje ¿se abre hacia dentro?

‑Sí –contestó Carlos.

‑Bien, dejaremos el todoterreno justo fuera por si hay problemas y tenemos que irnos y mi coche dentro bien pegado a la puerta para impedir lo más posible su apertura.

‑¿Y por qué vamos a tener que irnos? –interrogó Sonia mientras fruncía el ceño.

‑Luego os lo contaré –contestó mirando a Carlos que sonreía.

‑¿Quién no sabe usar un arma? –preguntó cambiando de tema.

Jaime y las tres chicas levantaron la mano.

‑Bien vamos fuera, vais a realizar un curso intensivo de diez minutos.


‑Joder con el tío –dijo Toni cuando salieron‑ ¿os parece de fiar?

‑Bueno, nos salvó el culo y parece que sabe lo que hace –contestó Jorge.

‑Estoy de acuerdo –afirmó Carlos‑. Vamos a llevar unos cubos al garaje, los usaremos como lavabos, sino la bodega puede convertirse en una pocilga.

‑Excelente idea –reconoció Jorge‑, mientras haré unos litros de café, puede que nos vengan bien.

‑Eso y a mí dejadme aquí solito sin hacer nada –bromeó Toni un poco más dolorido tras practicarle Nuria un vendaje de sujeción.

‑De eso nada –objetó Carlos entregándole su ordenador portátil‑, haz algo útil e intenta conectarte a internet a ver cómo está el mundo ahí fuera.


‑¿Qué tal se han portado disparando? –interrogó Jorge cuando se reunieron todos de nuevo.

‑Bueno, no son tiradores de primera, pero con las escopetas se defenderán a la perfección –repuso Charles.

Toni no había logrado conectarse a internet, parecía caída, así que le pasó el ordenador a Carlos a ver si era capaz.

‑¿Tienes conexión vía satélite? –interrumpió Charles.

‑Sí, así es.

Le facilitó los datos de conexión para entrar en la cuenta de su agencia y a partir de ahí pudieron navegar.

Los hechos eran estremecedores, Paris, Berlín, Madrid, Los Ángeles y Atlanta, además del cataclismo creado en China y Corea del Norte. Aún así, si no fuera por la epidemia, las cosas no estarían tan mal para occidente, pero los pocos datos fiables hablaban de millones de muertos y la mayoría de los supervivientes desarrollaban algo parecido a una rabia.

Prácticamente nada funcionaba, sólo los sistemas de emergencia gubernamentales y no se sabía durante cuánto tiempo. De España no había ninguna información. Todo el sistema de comunicaciones y eléctrico había caído. Empezaba a ser un sitio poco propicio para vivir. Eso si es que conseguían sobrevivir al caos generado.

‑Es el fin, ¿verdad? –preguntó retóricamente Nuria.

‑Nada de eso, nosotros perduraremos, te lo garantizo –se apresuró a agregar Carlos animoso.

‑El fin de los tiempos tal y como los conocemos, es posible –añadió un lúgubre Charles‑, pero estoy con Carlos, vamos a salir adelante.

De fondo, empezaron a oír unos truenos. Jorge salió a comprobarlo.

‑Va a empezar a llover en unos momentos –concluyó al entrar.

‑Bien, es el momento de sellar la puerta y bajar a la bodega. ¿Alguien echa en falta alguna cosa que podamos necesitar? –inquirió mirándoles a los ojos uno a uno Charles.

‑Entonces abajo. Pero también nos llevaremos tu catana, nunca se sabe.

Todos se sorprendieron de que Carlos no pusiera objeciones, ¿sabía algo que ellos desconocían?

Una vez todos más o menos acomodados abajo Toni fue el primero en preguntar lo que todos tenían en mente.

‑Y bien tío, ¿por qué vamos a tener que irnos? Y lo más importante, ¿qué coño haces aquí? Lo de que estás de vacaciones no me lo trago –sonrió afable.

‑Ciertamente no lo estoy. Y todo tiene relación. Sólo os pido que abráis vuestra mente, todo lo que os voy a contar lo saben quizá diez o doce personas en todo el mundo. Probablemente ya sólo quede yo. Si algo me pasara… confío por vuestro bien que acabéis mi tarea –asintió Charles.

‑Todo se remonta a hace muchos siglos –comenzó con un rictus tenso‑, quizá a…


FIN DE LA PRIMERA PARTE

viernes, 1 de agosto de 2008

Capítulo 30

Capítulo 30

La luz era tan intensa que no hubiera hecho falta que el guardia civil los avisase. Casi de inmediato percibieron el intenso temblor de tierra. Charles fue el primero en reaccionar y les ordenó apartar la vista de inmediato. El resplandor fulgía con una intensidad asombrosa. Un segundo sol.

Veinte segundos más tarde la luz fue perdiendo intensidad. Entonces se decidieron a mirar. Se quedaron sin aliento. Sobre el cielo se elevaba un gigantesco hongo de ochenta kilómetros de altura. Nadie se atrevió a decir nada, sólo contemplaban el espectáculo, incapaces de moverse.

Finalmente Charles tomó el control.

‑Señores hay que ponerse en marcha, ¡ya! ‑ordenó sin miramientos.

‑Pero qué coño ha sido eso y donde –tartamudeó Jorge incrédulo.

‑Una explosión nuclear, probablemente en Madrid, o en la base de Torrejón–aseveró Charles.

‑Veamos, usted ha dicho que en la parte de atrás hay vehículos –afirmó retóricamente mirando a Andrés.

‑Sí, además de equipo y armas –musitó al borde de la inconsciencia.

‑Está bien, si os parece vamos a por un par de vehículos y salimos de aquí de inmediato. Los demás asintieron y salieron dejando al agente dentro con Toni.

Echaron un vistazo a las armas que portaban los atacantes. Estaban prácticamente sin munición, por lo que optaron por no llevárselas.

Cuando abrieron la puerta del garaje se encontraron con dos todoterrenos de la guardia civil. En el armero no había ningún fusil, alguien se les había adelantado, seguramente los agentes que no daban señales de vida. Sin embargo había tres escopetas Franchi SPS 350 y cuatro pistolas Heckler & Kock USP de 9 mm. Decidieron llevárselas junto con toda la munición que había, así como los seis chalecos antibalas que encontraron y dos potentes linternas.

‑Bueno, Jorge y yo conduciremos los todoterrenos. Llevaremos a Andrés a un centro de salud y, de paso, recogeremos a una amiga.

‑¿Cuáles son los vientos dominantes en esta zona? –preguntó Charles.

‑Qué coño importa eso ahora –objetó Jorge.

‑Importa y mucho, si sopla viento del este traerá radiación y las próximas lluvias serán radiactivas.

‑Joder, no había pensado en eso –contestó azorado‑. Normalmente sopla nordeste, aunque hoy creo que tenemos viento del norte.

‑Eso nos da un margen de tiempo, de todas formas es de suponer que si han atacado a España también lo habrán hecho en otros países europeos, con lo cual el viento podría no ser un aliado ahora mismo. Necesitamos un sitio seguro, a ser posible un sótano, un túnel… algo lo suficientemente aislado y prepararnos para pasar en él unos días.

‑Mi casa –dijo Carlos‑, tengo una bodega en el sótano, podríamos acondicionarla en apenas dos horas.

‑Bien, puede valer. En ese caso mejor será dividirnos. Jorge y yo llevaremos al agente y…

‑No, de ninguna manera –interrumpió Carlos‑. Iremos tú y yo, los demás conocen el camino.

‑De acuerdo, ‑manifestó encogiéndose de hombros‑ pongámonos en marcha entonces.

Así pues, Jorge y Toni partieron en uno de los todoterrenos hacia la casa de Carlos. Llamaron a Jaime y María y los pusieron al corriente de los acontecimientos a fin de que empezaran a vaciar la bodega.

Cuando estaban llevando a Andrés al coche éste dejó de respirar. Lo dejaron en el suelo y cuando Carlos iba a intentar reanimarlo, Charles lo detuvo.

‑Es inútil, ha perdido demasiada sangre, seguramente tendrá un riñón destrozado. Aunque lo pudiésemos reanimar no llegaría al hospital.

Carlos asintió, cargó con él y lo dejó dentro del cuartel.


Al final decidieron ir en el bmw de Charles, era más rápido que el todoterreno. Intentó ponerse en contacto con Sonia, pero no consiguió contactar con ella. Su rostro denotaba una profunda preocupación.

‑Esa chica, ¿es tu novia?

‑Qué más quisiera, pero sólo es amiga –manifestó triste‑, por cierto ¿cómo es que no te has contagiado?

Charles le preguntó lo mismo y se intercambiaron sus experiencias, contándose también sus encuentros con algunos infectados.

‑¿Me vas a contar por qué estás aquí realmente? Que yo sepa nadie hace turismo con armas –afirmó Carlos con sorna.

‑Si te parece os pondré al corriente a todos juntos, aunque será difícil que me creáis –aseveró tras pensarlo unos instantes.

Llegaron al centro de salud y no vieron a nadie en las inmediaciones. Había decenas de automóviles estacionados de cualquier manera, totalmente abandonados. Volvió a llamarla sin éxito, así que decidieron entrar a buscarla.

‑Espera, será mejor que entremos preparados para lo peor –comentó Charles‑ ofreciéndole una de sus pistolas.

‑No es necesario, llevo las mías –sonrió mostrándoselas.

‑¡Jesús, menudo cañón! –declaró señalando la S&W‑, espero que sepas usarla.

‑No te preocupes, no soy tan bueno como tú, vi perfectamente cómo liquidabas a aquel tío a bastante distancia, fue impresionante, pero de cerca no fallaré.


Oyeron ruido de cristales. Miraron hacia la primera planta y las vieron. Eran Sonia y Nuria.

‑¿Qué sucede? –inquirió asustado Carlos.

‑No podemos salir –gritó Sonia bastante inquieta‑ algunos de los enfermos tienen una especie de… de rabia o algo así. Estamos encerradas en esta habitación.

‑¿Cuántos hay? –preguntó a su vez Charles.

‑Creo que seis o siete no estamos seguras.

‑Vamos, entremos ya –apremió Carlos.

‑Espera, no te impacientes. Cuando tuve mi encuentro con el infectado tuve que efectuar cinco disparos, hasta que no le atiné en el corazón no lo liquidé. No va a ser nada fácil acabar con esos. En el mejor de los casos sólo son seis pero a lo mejor hay más y sería un suicidio entrar ahí.

‑¿Qué propones?

‑Sólo hay unos cuatro metros desde la ventana al suelo, si ponemos el coche debajo, unos tres. Si consiguen unas sábanas o algo para descolgarse será más fácil.

‑¿Hay alguna medicina o útiles sanitarios en esa habitación? –preguntó con acierto Charles‑, cualquier cosa puede ser útil.

‑Sí, pero ningún antibiótico –anticipó Sonia intuyendo que se refería a eso‑, reuniremos lo que sea útil y os lo lanzaremos.

‑Tenéis sábanas o algo para hacer una especie de cuerda –exclamó Carlos.

Nuria negó con la cabeza. –Sólo la funda de la camilla y un par de batas, podemos probar con eso.

‑Pues intentadlo y asegurad bien los nudos –contestó Charles.

Entraron en el coche y lo situaron justo debajo de la ventana, luego se subieron al techo y esperaron. Nuria se asomó a la ventana y les lanzó una caja de cartón con lo que pudieron reunir. Luego aparecieron las dos batas anudadas, apenas descolgaban un metro, pero eso bastaría.

‑Bien, con cuidado, descolgaos lentamente y prácticamente tocaréis el techo del coche –anunció Charles.

Las batas aguantaron a la perfección y las chicas llegaron sin problemas al automóvil.

Carlos no pudo contenerse y abrazó con fuerza a Sonia besándola sin miramientos. Ella no hizo nada por evitarlo. La tensión acumulada pasaba factura y los sentimientos estaban a flor de piel. Luego de abrazar también a Nuria, aunque de una forma menos apasionada, hizo las presentaciones, entraron en el coche y emprendieron el camino a su casa.

jueves, 31 de julio de 2008

Capítulo 29

Capítulo 29


La coordinación fue perfecta. Los cuatro bombarderos soltaron sendas bombas B53 al mismo tiempo.

El general Min-ho Park, informado del ataque inminente, aceptó la derrota y no corrió a refugiarse en un bunker –que a la postre resultó ser una protección totalmente ineficaz debido a la magnitud del ataque‑. Su último pensamiento fue que no caería sólo. Occidente, según sus informes estaba prácticamente abocado al caos.

Una de las bombas, con una potencia conjunta más de cien veces superior a la lanzada en la segunda guerra mundial sobre Hiroshima, borró Pyongyang de la faz de la tierra. Las tres restantes impactaron en diferentes puntos del país, sumiéndolo en una destrucción nunca vista. Bush nunca llegó a ver el desastre que había ordenado, falleció una hora antes, desangrado, en una agonía más que merecida.



Todo pudo haber acabado ahí, sin embargo la estupidez humana no conoce límites. Poco después de emprender el vuelo los bombarderos, el gobierno chino, reunido de urgencia decidió que los norteamericanos les creían culpables de la epidemia desatada y pensando que el ataque iba dirigido contra ellos se vieron en la errónea tesitura de contraatacar. Entonces comenzó el cataclismo, lo que las grandes potencias evitaron durante más de cincuenta años, se desató en horas.

Ordenaron el lanzamiento de sus misiles intercontinentales DF31 y JL2. El objetivo eran las bases y las grandes ciudades norteamericanas. El ataque no tomó por sorpresa a Estados Unidos, aunque no fuese esperado. El sistema era automático y reaccionó de inmediato, poniendo en funcionamiento el tan manido Escudo Antimisiles. Su tecnología puntera iba a ser puesta a prueba por primera y última vez.

En condiciones normales, los canales diplomáticos y las líneas establecidas entre los ejércitos se hubieran puesto en marcha para evitar el desastre, pero la epidemia había hecho bien su trabajo y pocas personas quedaban con la capacidad y decisión necesarias para detener el desastre.

Las órdenes estaban perfectamente automatizadas y no fue necesario el concurso humano para efectuar el contraataque. Una vez activado el Escudo, los ordenadores transmitieron las órdenes a los submarinos próximos a China. Tres misiles Trident II fueron lanzados desde un submarino. Cada uno de ellos llevaba doce cabezas de cuatrocientos setenta y cinco kilotones. Más de treinta bombas en total fueron lanzadas contra objetivos militares y ciudades chinas. No había defensa posible, no la tenían. Sólo podrían esperar el fallo en la detonación de alguna de las cabezas.

En tres horas China volvería a la edad de piedra. Los impactos conjuntos generarían un pulso electromagnético que dañaría cualquier aparato que necesitase electricidad, dejándolo inservible.
El gobierno chino optó por no irse sólo al infierno y amplió el radio de ataque a los países europeos con presencia norteamericana.

El Escudo funcionó a la perfección. Casi. Atlanta, y Los Ángeles fueron destruidas. De un total de cincuenta objetivos sólo se produjeron dos impactos. Europa no tuvo tanta suerte, debido a que el presidente Ruso –Putin‑, en su momento, se había negado a que Estados Unidos montara su Escudo Antimisiles allí. Paris y Berlín dejaron de existir entre las doce y la una del mediodía del lunes. La bomba lanzada sobre Londres alcanzó su objetivo pero no llegó a hacer explosión. Minutos más tarde otra ciudad europea sería destruida.

En Rusia, donde extrañamente se produjo el mayor número de supervivientes a la epidemia junto con otros países nórdicos, el gobierno se frotaba las manos ante el nuevo orden mundial que se les iba a presentar.

Se habían convertido, sin mediar en el conflicto, en la primera potencia mundial. O eso era lo que creían.
No contaban –nadie lo hacía‑, con los tenebrosos e inesperados efectos de la radiación.

lunes, 21 de julio de 2008

Capítulo 28

Capítulo 28


Eran ya la diez y cuarto de la mañana cuando Carlos y Jorge salieron de la casa a toda velocidad en dirección a Arteixo. Decidieron arriesgarse a ir por carretera, ya no había toque de queda a esas horas y si lo había pues al diablo con él, pasarían como fuese. Sus ojos sólo dejaban entrever ira y determinación.

Carlos conducía a velocidades extremas, exprimiendo la potencia del coche y exigiéndole lo que no había hecho nunca, mientras Jorge se dedicaba a rellenar todos los cargadores y comprobar que las armas funcionaban.

No se toparon con tráfico y tampoco con controles. Sí les llamó algo la atención que había bastantes coches abandonados sin más en los núcleos urbanos. Al llegar a la autovía exprimió el motor V8 de su automóvil a todo lo que daba. Doscientos cincuenta kilómetros por hora no se alcanzaban todos los días. Estaban eufóricos; se miraron y sonrieron. Ya no pensaban, estaban drogados, narcotizados por la más potente de las drogas, la propia adrenalina que generaba sus cerebros y que corría a chorro por sus venas.

Al llegar, tomaron la rotonda de entrada al pueblo, a ciento veinte por hora, por la izquierda, obviando las normas de tráfico. Los neumáticos emitieron el característico sonido de protesta, pero los diferentes sistemas electrónicos del vehículo realizaron su función a la perfección. Enfilaron la pequeña subida y cuando tomaron la última curva a derecha fueron recibidos por una lluvia de proyectiles. Dos individuos estaban en medio de la carretera disparándoles con pistolas.

‑Serán gilipollas –exclamó Carlos‑. Agáchate, se van a enterar.

Enfiló directamente hacia ellos, alguna bala daba en la carrocería, pero a más de treinta metros, al contrario que ocurría en las películas, las armas cortas eran prácticamente inútiles incluso en manos de un tirador experto, sobre todo con blancos móviles. Justo antes de llegar a su altura, pisó el embrague a la vez que tiraba del freno de mano y daba un enérgico volantazo. La reacción del coche fue la esperada, efectuó un perfecto trompo y los golpeó con la parte trasera, lanzándolos a cinco metros y matándolos en el acto. Logró frenar, pero esta vez otras descargas llegaron y sí fueron efectivas. Destrozaron las ventanillas y las ruedas de su lado. Lograron salir por el lado de Jorge y se cubrieron con el vehículo.

‑¡Coño nos están disparando con fusiles! –gritó Jorge.

‑Ya lo veo, ¿de dónde los habrán sacado?

‑Algún control del ejército, supongo. Se los habrán cargado. ¿Puedes ver cuántos son? –preguntó Jorge

‑Cinco o seis mínimo, los cabrones han montado una buena barricada con esos coches –contestó jadeando.

‑Pues tenemos un puto problema –manifestó Carlos.

Toni se acercó con suma cautela a una ventana y se alegró bastante de saber que ellos eran los que habían provocado los disparos. Empuñó el fusil, se guardó la pistola y decidió salir a ayudarles.


Charles, como mucha gente, confusa por la doble señalización, pasó de largo la salida de la autovía que conectaba con la autopista que le llevaría hacia Vigo. Por otro lado no fue la casualidad, sino el GPS, con mapas anticuados, el que lo llevó en dirección errónea hacia el final de la autovía, en Arteixo.

Cuando llegó a la rotonda se detuvo en el margen derecho de la carretera y salió del vehículo a estirar las piernas. Fue entonces cuando oyó disparos. Decidió acercarse a echar una ojeada. Montó de nuevo en su vehículo, bajó las ventanillas y se fue acercando al origen del ruido. Antes de llegar al final de la subida decidió parar de nuevo y continuar a pie, con sigilo. Se acercó por el lado de los edificios y contempló la escena. Dos hombres parapetados detrás de un todoterreno recibían disparos de otro grupo situado frente al cuartel de la guardia civil.

No tenía nada claro quién se defendía y quién atacaba así que decidió mantenerse al margen y observar. Apenas se había agachado cuando un hombre salió del cuartel disparando con un fusil. A los pocos segundos los otros dos individuos abandonaron su parapeto detrás del todoterreno y comenzaron a cruzar la carretera corriendo agachados y empuñando sendas pistolas pero sin abrir fuego.

Los asaltantes cometieron un error infantil y se giraron todos hacia Toni, abriendo fuego. Éste alcanzó a dos de ellos con una ráfaga, casi en el mismo instante en que caía abatido. Jorge y Carlos corrían hacia la barricada de coches, cada uno por un lado. Parecía que iban a lograr sorprenderlos. No fue así. Los tres hombres que quedaban en pie los descubrieron y comenzaron a dispararles. Se tiraron al suelo. Estaban al descubierto y no iban a durar mucho.

Charles tomó una decisión y salió al descubierto. Estaba a unos cincuenta metros del grupo asaltante. Todavía no lo habían visto. Iba hacia ellos en posición de tiro, sujetando su arma por delante con ambas manos, corriendo despacio en zigzag. Veinte metros. Entonces lo vieron. Un hombre comenzó a dispararle con su fusil, pero con poca puntería. Charles avanzó otros cinco metros, se detuvo, y con enorme sangre fría se agachó y disparó cinco veces. Dos balas alcanzaron su objetivo en el centro del pecho del hombre, matándolo en el acto. Jorge y Carlos, aprovecharon la indecisión de los asaltantes para levantarse y abrir fuego contra ellos. Vaciaron sus cargadores y segaron las dos vidas que les amenazaban.

Se dirigieron a toda velocidad hacia donde habían visto caer a Toni, sin tomar ningún tipo de precaución con respecto a Charles. Su amigo yacía en el suelo; no se veía sangre, pero sí dos impactos claros en su pecho. Se había puesto un chaleco antibalas y eso le había salvado la vida.

Lo ayudaron a levantarse, entre risas y alguna lágrima producto de la enorme tensión que habían soportado.

‑¿Cómo estás tío? –preguntó Jorge

‑Vivo, que ya es bastante –rió Toni‑, aunque creo que tengo una costilla rota.

A Carlos no le salían las palabras, sólo se abrazó un instante a él, con demasiado ímpetu a juzgar por los improperios que salieron de la boca de su amigo.

‑Bueno, creo que le debemos bastante a nuestro misterioso amigo –afirmó Jorge mirando hacia Charles‑, que se aproximaba apuntándoles con su arma.


Tras confirmar su versión con el guardia civil herido, todos se relajaron y efectuaron las respectivas presentaciones.

Charles se presentó como lo que era, un agente de inteligencia británico. Mintió, sin embargo, en lo referente a su estancia en España. Según él, estaba de vacaciones.

‑Bueno, creo que deberíamos llevar a este hombre a un hospital –sugirió Charles.

‑Estoy de acuerdo –comentó Carlos mirando a sus amigos.

‑Tenemos vehículos en la parte de atrás –susurró el guardia civil‑, podemos…

No finalizó la frase. Señaló la ventana y todos se giraron automáticamente. Lo que vieron los dejó perplejos, incrédulos ante el horror que estaban observando.

lunes, 7 de julio de 2008

Capítulo 27

Capítulo 27


Toni se despertó dolorido, cientos de agujas pugnaban por salir de su sien derecha. Se incorporó masajeándose la cabeza. Tenía una costra pegada, producto de la sangre seca encima de la herida.

‑Menuda hostia me dio el tío –se dijo aún mareado.

Logró incorporarse a duras penas y echó un vistazo alrededor. Estaba en una celda de unos diez metros cuadrados. Estaba iluminada por una lámpara con una sola bombilla y tenía una pequeña ventana, bien protegida por un par de sólidos barrotes. A los lados parecía haber más celdas y delante había un largo pasillo.

La celda no tenía lavabo, así que supuso que estaría en un cuartel de la guardia civil. Al menos le habían dejado una botella de agua. Se bebió la mitad de golpe y se sentó en el camastro a pensar qué haría ahora.

Gritó un par de veces. Nada. Parecía que estaba sólo. Incluso las celdas adyacentes parecían estar desiertas. –Joder, vaya mierda –pensó.

Miró en los bolsillos y en su cazadora, pero no había nada. Agarró la puerta y la zarandeó con fuerza. Apenas se movió un poco. Parecía que tendría que esperar ayuda externa. Se volvió a echar en el catre y se durmió.


Se despertó alertado por unos ruidos. ¿El sonido de un portazo? Lo oyó de nuevo. Un disparo de escopeta. Otro. Gritos desesperados. De repente apareció un guardia civil. No tendría más de veinticinco años. Estaba sudoroso, con la ropa rasgada y manchada de sangre. Sus ojos dejaban ver el reflejo del pánico. Empuñaba una escopeta que intentaba recargar con manos temblorosas. Efectuó un nuevo disparo y corrió hacia la puerta de entrada, fuera del campo de visión de Toni. Cuando regresó dejó caer el arma y se situó frente a él. Se miraron fijamente; el guardia civil parecía estar sopesando los riesgos. Finalmente sacó un manojo de llaves de su bolsillo y se las lanzó.

‑Vamos –le apremió‑ no tenemos mucho tiempo, abre la celda y sal. ¡Deprisa, coño! –chilló asustado.

Toni no dijo nada. Se limitó a ir probando llaves hasta que la quinta logró su cometido.

‑Ya está –anunció.

‑Joder, pues sal ya.

‑Oye por qué me has soltado, no…

‑Escucha –dijo mientras le alargaba su pistola y un cargador extra‑, espero que sepas usarla. Tenemos problemas. Han intentado asaltar el cuartel. Estamos rodeados e incluso hay un par de esos hijos de puta dentro. Tienes que ayudarme. Tenemos que liquidarlos y asegurar el lugar. Si logran entrar somos hombres muertos, ¿entiendes?

‑Joder, la verdad es que no, pero si algo no me apetece es reunirme con Dios, aun tengo cuentas pendientes aquí –contestó con sorna‑, tú dirás qué hacemos.

‑Es fácil. Tú abre la puerta, luego entramos y nos los cargamos.

‑Pues vaya mierda de plan –contestó Toni riendo estruendosamente fruto de la tensión‑. Vamos –barruntó mientras comprobaba su arma‑, acabemos de una vez.

El plan era sencillo, la tensión hizo el resto. Entraron en tromba. El agente sin mirar a dónde, sólo disparaba una y otra vez, totalmente erguido y con su arma apoyada en la cadera. De manual. Toni, por su parte, estaba acojonado. Entró agachado y con el arma por delante. Sin alardes. Vio a una persona que corría hacia él con una escopeta. ‑¡Joder, es un fusil! –pensó mientras se dejaba caer al suelo y vaciaba su cargador. Tuvo mucha suerte. El sujeto no era ni mucho menos un experto. Olvidó quitar el seguro del arma y por eso no abrió fuego, de lo contrario ahora sería un fiambre. –Mejor tú que yo, tío –dijo con frialdad.

Introdujo el otro cargador en su arma y se incorporó lentamente, buscando alguna amenaza. No había. Buscó al guardia y lo encontró detrás de un mostrador, presionándose lo que parecía una herida en un costado.

‑La puerta –gruñó señalando la de la entrada‑. Asegúrala y apaga las luces.

Toni no discutió. Hizo lo que le ordenó y se aproximó a él con cara de preocupación.

‑¿Estás herido?

‑Sí, me han dado en un costado. Creo que mi riñón se ha ido al carajo. No creo que me quede mucho tiempo –declaró sonriente‑. Por cierto, me llamo Andrés –anunció alargando su mano‑.

‑Toni –contestó mientras le estrechaba la mano‑. Bueno, tranquilo, seguro que no es tan grave. Pediremos ayuda. ¿Dónde estamos?

‑En el cuartel de la guardia civil de Arteixo. Por cierto, ¿qué coño hiciste para estar aquí?

‑Me cogieron fuera con el toque de queda e intenté escapar. ¿Y tus compañeros? –preguntó intrigado.

‑No lo sé. No han vuelto ni contestan a la radio.

‑Vale, ¿qué ha pasado, porqué te atacaron?

‑Estaba haciendo papeleo cuando entraron tres tíos. Uno me encañonó y me exigió las llaves de la armería. Logré despacharlo fácilmente, pero los otros dos se escabulleron… el resto ya lo sabes.

‑¿Cuántos hay fuera?

‑Ni puta idea –masculló dolorido‑, pero tienen armas. Han efectuado varios disparos.

‑¿Y crees que sólo quieren las armas? ¿No están enfermos? ¿Y tú? –inquirió atropelladamente.

‑Yo por lo menos no, aunque no creo que importe ya –manifestó señalándose la herida‑. Supongo que alguno de ellos no lo estará, no lo sé. En cuanto a las armas, no quieren las de aquí. En la parte de atrás, en lo que parece un garaje, tenemos un armero con fusiles y material antidisturbios.

‑¿Y por qué no van sin más allí y nos dejan en paz?

‑La puerta es blindada y, a menos que sepan emplear bien un soplete y acetileno, necesitarán la llave.

‑¿Se puede llegar desde aquí?

‑No, un fallo de diseño, ya sabes… ‑se excusó algo avergonzado.

‑Mierda. Por cierto, qué raro que no estéis enfermos –comentó pasmado Toni.

‑Pues tú tampoco lo pareces, tío. Supongo que no nos habremos contagiado.

‑Dime una cosa, ¿dónde guardáis las pertenencias de los detenidos?

Una vez que encontró su radioteléfono llamó a sus amigos. Por fortuna pudo comunicarse con ellos. Les contó lo sucedido y quedaron en que Carlos y Jorge vendrían en su ayuda, mientras que María y Jaime se quedarían en la casa por precaución. La verdad es que era la única forma de que María se quedase.

‑Bueno tío, viene la caballería a echarnos una mano –le informó risueño‑, ahora vamos a ver esa herida y qué se puede hacer con ella.

Encontró unas vendas en el botiquín. La vendó lo más fuerte que pudo y le dio un poco de agua con un par de analgésicos. Aunque sino recibía asistencia médica inmediata, de poco iba a servir.

‑Bueno, creo que vamos a necesitar el contenido de esa armería –dijo mirándolo y encogiéndose de hombros.

‑En esta armería ya no queda nada, sólo había escopetas y la última es ésta –dijo señalando la suya.

Toni registró los cuerpos y logró hacerse con el fusil, un HK G36E del ejército.

‑Tío estamos un poco mal. Quedan tres cartuchos para tu escopeta, un cargador entero para la pistola… ¡joder, aún quedan estas reliquias! –exclamó asombrado cuando se dio cuenta que era una Star‑, y otro para el fusil, si no me equivoco veinte balas.

‑Bueno, es lo que hay, esperemos que la ayuda llegue pronto. Mientras tanto te voy a contar algo que te dejará de piedra –le informó Toni, mientras pensaba en relatarle todo lo que sabía sobre la epidemia.

jueves, 3 de julio de 2008

Capítulo 26

Capítulo 26



Lunes, 31 de marzo de 2008


La oscuridad se cernía sobre él. Una mano pálida, alargada y huesuda pugnaba por agarrarlo por el cuello, no alcanzaba a ver nada más. Apenas podía moverse, estaba tumbado, iba a morir, no había escape…

Se incorporó de golpe, asustado, con el corazón galopando en un vano intento de salir de su pecho. Estaba sudado. No, no era sudor, era agua. Había soñado. Se dio cuenta de que estaba en la bañera, entre los restos de las bolsas de hielo. Sintió frío y recordó vagamente como había llegado allí.

Se duchó rápidamente, dejando que el agua helada bajara por su cuerpo espabilándolo, luego se secó con presteza, enrolló una toalla en su cintura y fue hacia la habitación.

El hedor era insoportable, Hagen estaba tumbado en la cama con los ojos abiertos, muerto. Un enorme charco rojo intenso en el suelo presidía la dantesca escena. De los orificios de su rostro salía un rastro inconfundible de sangre, ya seca.

‑Joder, había fallecido desangrado ‑pensó. Se acerco a cerrar sus ojos y apreció que sin embargo no existía rigidez en el cuerpo, le pareció raro, pero supuso que serían los efectos del virus.

Miró la hora. Las ocho de la mañana del lunes. Parece ser que había superado la infección, ¿suerte, destino?

No valía de nada darle vueltas, estaba vivo y punto, más adelante pensaría en ello. Tras cavilar unos minutos, decidió vestirse, hacer su equipaje y seguir su camino, nada podía hacer por su ayudante ya excepto rezar una oración.

Colocó su arma en la funda y la acopló junto con los dos cargadores de reserva en el cinturón. Se acordó de la de Hagen y se la guardó en el bolsillo interior de su cazadora, junto con los peines extras.

Un alarido lo sobresaltó mientras hacía la maleta. Se le heló la sangre y se puso en tensión. ‑¿Qué coño ha sido eso?

El sonido de unas uñas arañando la puerta de la habitación le hizo sacar su arma en un acto reflejo.

‑¿Quién es, qué quiere? –preguntó por pura rutina.

Como contestación empezaron a aporrear la puerta con furor, a la vez que se oían unos gruñidos. No sabía qué hacer, por primera vez en su vida estaba paralizado, sobrepasado por los acontecimientos. Decidió echar una ojeada por la ventana. Nada, sólo vehículos estacionados. Ni rastro de gente. Abrió la ventana intentando oír algo. Silencio. Un terrible silencio, irreal, que helaba la sangre.

Se serenó y esperó a que bajaran sus pulsaciones. Sea lo que sea, se dijo, tendré que averiguarlo, no voy a quedarme aquí para siempre. Quitó el seguro de su pistola, la montó y empuñándola en su mano derecha se acercó a la puerta. Soltó el cierre de seguridad y aferró la manilla de la puerta con la mano izquierda, tiró apenas unos milímetros y se echó hacia atrás de un salto a la vez que se ponía en posición de tiro con las dos manos juntas.

Fue inminente. Un hombre irrumpió en la habitación con los brazos adelantados y las manos agarrotadas formando unas garras. Tenía los ojos inyectados en sangre y de su boca abierta salía una espuma blanca. Intentó alcanzarle y soltó un terrible chillido.

No dudó y mientras retrocedía disparó alcanzándole en el centro de pecho, sin embargo eso no lo detuvo, abrió fuego otras dos veces. Seguía hacia él. Apuntó hacia abajo y le voló una rodilla. Ahora sí cayó al suelo, pero intentaba alcanzarlo arrastrándose. Impresionado, en el momento que se irguió y tuvo su pecho a tiro, disparó dos veces, alcanzándolo en el corazón. Se desplomó sin vida.

Pasó por encima de él y cerró la puerta. Se acercó y lo puso boca arriba. Lo examinó, apestaba. ¿Qué le habría pasado a esta persona, acaso había más variantes a la infección que vivir o morir? ¿Podría producir esta especie de locura o rabia? –pensó al recordar como de su boca salía espuma durante el ataque‑. Por lo demás no vio nada anormal en el cadáver, claro que no era médico.

‑Tres balas en el pecho y una en la rodilla y no lo detuve –dijo en voz alta‑, sólo hasta que lo alcancé en el corazón pude pararlo. Un mal presagio cruzó por su mente.

Oyó más pasos y alaridos procedentes del interior del hotel, por lo que desechó la idea de bajar a recepción. No le apetecían más encuentros como ese. Se acercó a la ventana y observó que podría bajar con facilidad por una tubería situada a la izquierda.

Abrió las puertas del coche con el mando a distancia, tiró su bolsa de deporte y empezó a descolgarse por la tubería. Al llegar al suelo se arrodilló, desenfundó su arma y giró sobre sí mismo, asegurándose que no había amenazas cercanas. Asió su equipaje y corrió hacia el BMW. Una vez dentro puso el seguro, arrancó y con manos expertas, hizo un trompo cambiando el sentido de la marcha y aceleró, saliendo del pueblo a toda velocidad.


lunes, 30 de junio de 2008

Capítulo 25

Capítulo 25


Lograron llegar a la casa sin ningún contratiempo. Aparcó el coche directamente en el garaje y accedieron desde el mismo a la vivienda. Por supuesto no había ni rastro de Toni.

‑Joder dónde estará –preguntó con verdadera preocupación Jorge.

‑No lo sé, a lo mejor se ha topado con algún control y ha tenido problemas con ellos –indicó Jaime.

‑Hoy ya no se puede hacer nada. Mañana, si no aparece, iremos a los cuarteles a ver si lo localizamos –aseveró Carlos.

‑Voy a preparar algo de cena, ¿qué os parece algo de pasta? –preguntó retóricamente Jaime‑, para no liarme mucho.

Todo el mundo asintió, así que desapareció en la cocina mientras los demás se acomodaban en el salón y encendían el televisor, ávidos en busca de noticias.

Nada. Sólo películas y reposiciones de series. Ninguna noticia, ningún programa en directo. Sólo contenido vacío. Carlos fue a por su portátil y lo conectó al televisor para que todos pudiesen leer lo mismo que él.

Todos las diarios online y páginas de noticias españolas permanecían sin actualizar desde el sábado. Ninguna novedad, parecía increíble con lo que estaba pasando.

Pasó a las páginas norteamericanas y allí sí había novedades. La epidemia estaba avanzando sin control. En Estados Unidos los saqueos eran ya una constante. Los hipermercados estaban vacíos y ya era prácticamente imposible conseguir alimentos. La guardia nacional se veía impotente para controlar los disturbios, en parte porque en sus propias filas la enfermedad hacía estragos.

Las capitales europeas y sudamericanas tampoco salían bien paradas. En ellas la situación era la misma.

Ningún gobierno más había dado la cara desde sus últimos comunicados del sábado. Seguramente por no saber qué más decir.

‑Dios mío, esto va a ser el final –dijo una desesperada María‑, no podremos superarlo.

‑Tranquila María –contestó Carlos seguro de sí mismo a la vez que apagaba su ordenador‑, saldremos de ésta, te lo garantizo.

‑¿Has hablado con Sonia? No creo que lo esté pasando bien –precisó ella.

‑La llamé antes de ir a tu casa, pero tienes razón, intentaré contactar con ella después de cenar.


La cena fue sencilla, unos espagueti carbonara y una ensalada de lechuga. Ni siquiera descorcharon una botella de vino, no había ánimos. Prácticamente no hablaron, todos estaban ensimismados, repasando mentalmente los acontecimientos del día.

Carlos preparó café y mientras estaban tomándolo decidió hablar con Sonia de nuevo. Tras estar intentándolo durante diez minutos, finalmente tuvo respuesta.

‑Hola –susurró una voz.

‑¿Cómo estáis por ahí, alguna novedad? –preguntó Carlos.

‑La verdad es que sí. Hemos tenido unos cuantos casos de rabia entre los pocos supervivientes. Bueno creemos que es rabia, pero no lo sabemos a ciencia cierta. Por lo demás esto empieza a parecer un enorme tanatorio. Está cayendo cada vez más personal sanitario y pronto estaremos de más aquí –finalizó exhausta.

‑¿Quieres que vaya a buscarte?

‑No, aún quiero seguir aquí, no quiero abandonar a toda esta gente sin más. Te llamaré si quiero irme, ¿vale?

‑No discutiré, pero deberías salir de ahí ya.

No quiso comentarle nada de lo sucedido hoy, para qué preocuparla más, bastante agobiada estaría.

‑Venga, mañana por la mañana te llamo, te lo prometo –y cortó la comunicación.

María se acercó a darle un beso a Carlos, ‑nos vamos a dormir, estamos cansados –informó‑, no te preocupes por ella, parecía algo agotada pero aguantará, ya la conoces.

Jorge y Carlos se quedaron un par de horas más en la cocina charlando de trivialidades, hasta que finalmente se fueron también a descansar.


Las operaciones de descarga en la base de Eielson habían finalizado. Después de efectuar las oportunas revisiones a los B-52, éstos comenzaron a ser cargados de nuevo con las bombas B53.

A las 5:00 de la madrugada hora española, recibieron el plan de ataque. A las 7:00 la orden de iniciarlo, a la vez que todas las bases y unidades navales desplegadas recibían la histórica orden de pasar a DEFCON 1.

A las 7:10, los primeros B-52 armados con su carga mortal se elevaban en los cielos de Alaska, rumbo a Corea del Norte.

No lo sabían y no podrían haberlo sabido, pero acababan de abrir las puertas del infierno.

miércoles, 25 de junio de 2008

Capítulo 24

Capítulo 24

Tuvo que llegar de nuevo al alto de la Zapateira para poder tener una cobertura sólida. Sacó su radioteléfono y pulsó el botón de comunicación.

‑¿Sí? –sonó la voz temblorosa de Carlos.

Tras ponerlo al corriente de los acontecimientos, no fue necesario ni pedirle que se reuniera con ellos.

‑Salgo ahora mismo, no te preocupes –anunció impaciente.

‑No uses la carretera nacional, hay controles, yo he venido por la Zapateira, por si te sirve de ayuda y otra cosa… ‑dudó‑ tráete la artillería, puede hacer falta esta vez.

‑Tío, eso no hace falta que lo sugieras, por supuesto que llevaré las armas, en casa son inútiles –agregó con un tono de triunfo en su voz‑, y me parece buena idea lo de la Zapateira, intentaré ir por carreteras secundarias. Nos vemos en casa de María entonces –concluyó.

‑Ten mucho cuidado, puede ser más difícil el itinerario en tu coche. Te esperamos allí, corto –finalizó la comunicación.

Carlos, siempre previsor, llenó una de las mochilas con ropa y algunos útiles de acampada y otra con su escopeta, la S&W y toda la munición restante. Guardó la beretta en la funda de cinturón, se vistió con ropa cómoda de abrigo, bajó las persianas metálicas de seguridad de toda la casa, salió y cerró con llave. Se montó en su coche y emprendió el camino.


Toni apenas había cortado la comunicación y guardado la radio cuando un coche de la guardia civil apareció a toda velocidad. No lo pensó, encendió la moto y aceleró para alejarse. Se estaba distanciando con facilidad. En el camino de tierra ese coche no era rival para su Yamaha. Si hubiera pensado con claridad, en vez de dejarse llevar por la adrenalina producida por la persecución, habría caído en la cuenta de que podrían estar usando la radio para pedir ayuda, como así era. Al pasar el siguiente cambio de rasante se topó de frente con un todoterreno de la guardia civil estacionado en medio de la pista forestal. La frenada le hizo derrapar. Perdió el control de su moto y se fue al suelo, deslizándose a toda velocidad hacia el automóvil. Tuvo suerte de detenerse apenas a unos metros de distancia. Intentó levantarse pero una bota en su pecho se lo impedía a la vez que una voz gruesa, saliendo de una boca coronada por un bigote –que recordaba a tiempos pasados‑, le comunicaba que estaba detenido y le ordenaba que se pusiera boca abajo. Intentó levantarse y correr a través del monte, pero sus piernas, debilitadas por el golpe, flaquearon y obtuvo como obsequio un fuerte culatazo que le hizo sumirse en la oscuridad de un plácido sueño.


Empezaba a oscurecer y Carlos, favorecido por esa circunstancia, ni siquiera pensó en encender las luces de su vehículo. Ya había llegado al alto de la Zapateira, apenas diez minutos después del percance de Toni. No podía saber que de no haber sido por eso, probablemente hubiera sido él quien se encontrara con la autoridad. Siguió conduciendo y llegó quince minutos más tarde, sin novedad, a la casa de los padres de María.

Jaime, al oír el ruido de un coche salió a ver de quién se trataba, al ver que era su amigo, corrió a abrirle el portal.

‑¿Cómo estás? –preguntó Carlos mientras se estrechaban la mano.

‑Bueno, he estado mejor –contestó mientras se dirigían a la parte de arriba de la casa‑, por cierto, ¿dónde has dejado a Toni?

‑¿Cómo que dónde lo he dejado? Si no lo he visto, cuando hablé con él estaba por la Zapateira, ¿no ha llegado? –preguntó mientras un sudor frío corría por su espalda.

Jaime negó con la cabeza. Al cruzar el umbral, María se abalanzó sobre Carlos, incapaz ya de derramar más lágrimas. ‑¡Menos mal que estás bien! –exclamó.

‑Venga, tranquila, no creerías que te ibas a librar de mi tan pronto –observó risueño.

‑No sabemos nada de Toni, ‑dejó caer sin más Jaime.

‑Joder, sabía que no era buena idea que fuera sólo –manifestó Jorge.

‑Bueno, mantengamos la calma. Me he olvidado las bolsas. María, ¿serías tan amable…?

‑Claro, así respiro un poco de aire fresco un rato –anunció.

Aprovechando que María no estaba se pusieron al corriente de todo, sin ahorrar detalles. Carlos les describió también el vídeo que había visto, ahora creía que podía ser verídico.

‑¿Qué coño hacemos con los de abajo? –inquirió Jorge, intuyendo lo que pasaría.

‑Si fueran mis padres sé lo que haría yo –reconoció mirando a Jaime.

Éste como respuesta bajó la vista asintiendo. –Yo no puedo hacerlo –reconoció.

‑Lo haremos Jorge y yo y luego nos vamos a mi casa todos, seguramente Toni se encontró algún control y no pudo venir. Estará allá esperándonos.

Todos asintieron.

María llegó con las dos mochilas y las depositó en el suelo. Carlos le dio a Jaime la que contenía ropa y las llaves del coche y le explicó a María lo que iban a hacer. Contra todo pronóstico ella no se negó, ni siquiera protestó. Se limitó a coger las llaves del coche y salir de la casa con un sorprendido Jaime detrás de ella.

‑Bueno tío, espero que te acuerdes de tus tiempos en los paracaidistas –declaró Carlos muy serio.

‑Eso no se olvida, hombre, a ver cómo te portas tú. De todos modos dame la escopeta, hace tiempo que no disparo.

Carlos sujetó bien la mochila a su espalda, empuñó la Beretta y le quitó el seguro. Abrieron la puerta de la planta baja y entraron. Los arañazos en la puerta comenzaron a acentuarse y empezaron a oír unos extraños gruñidos.

‑Vamos, yo abro la puerta y tú entras con la escopeta –ordenó.

Jorge asintió con la cabeza y montó el arma.

Al abrir la puerta, Mónica, una rubia de una belleza impresionante, se abalanzó sobre Carlos, casi sin darle tiempo a separarse. Jorge, muy atento, borró todo rastro de hermosura con un certero disparo que le arrancó media cabeza de cuajo, a la vez que dejaba medio sordo de un oído a su amigo.

‑¡Joder! –chilló de dolor‑ cuidado.

Jorge sonrió con malicia, fríamente. Dominaba la situación, actuaba como un autómata. Entró en la habitación y sin pestañear volvió a montar la escopeta y atravesó el corazón del padre de María con absoluta precisión.

A la vez que Carlos entraba, medio sordo y dolorido, en la habitación, la madre de su amiga saltaba sobre la espalda de Jorge. Éste, ni se inmutó, soltó el arma, se inclinó un poco y con su propio impulso y agarrándola por la cabeza la arrojó sobre la cama. Ésta se levantó de la misma y se dirigió hacia él de un salto, con una agilidad impropia para alguien de su edad, con la boca abierta y espumeante y los ojos a punto de salirse de sus cuencas. Esta vez Jorge si se quedó paralizado ante la escena. Carlos no dudó y desde apenas dos metros de distancia disparó cuatro veces contra ella, acertando en su torso y derribándola sin vida.
Salieron de la habitación. No se miraron. No se dijeron nada. Jorge guardó la escopeta en la mochila y fueron caminando lentamente hacia el coche, cada uno ensimismado en sus pensamientos. Se pusieron en marcha y ninguno abrió la boca en todo el trayecto.

viernes, 20 de junio de 2008

Capítulo 23

Capítulo 23

Carlos, tal y como le había dicho a Toni, llamó a Sonia. Se quedó un poco más tranquilo cuando ella le describió la situación, más o menos controlada dentro de la extrema gravedad, en que se encontraba el centro de salud.

‑Joder vaya panorama –pensó‑, si sigue así me da igual lo que me diga, iré a buscarla y punto, poco puede hacer ya por esa pobre gente.

Como en la televisión se limitaban a reponer series y películas, decidió conectarse a internet y ver cómo evolucionaba todo. Debido a la mala situación geográfica de su casa, se vio obligado a instalar internet vía satélite, lo que le salía por un ojo de la cara al mes. Eso sí, a cambio obtenía velocidades de descarga vertiginosas y sin cortes. Incluso la situación actual de colapso a él no le afectaba en absoluto. ‑Algo bueno tenía que tener –sonrió para sí.

Las noticias eran bastante descorazonadoras. Se enteró de la alerta en E.E.U.U. y de la cantidad de muertes que comenzaba a haber ya en Australia. Estaba claro que el ataque había sido totalmente coordinado a la perfección.

Se filtraron las primeras fotografías de algún estadio australiano. Un gigantesco cementerio. Miles de muertos cubiertos de sábanas blancas se amontonaban en el césped. Era escalofriante.

Logró ver un vídeo mexicano filmado en un hospital, donde un grupo de supuestos supervivientes a la infección, con síntomas parecidos a la rabia, atacaban al personal sanitario. No le dio credibilidad por ser el único en toda la red que encontró. Parecía una escena macabra salida de una película. Una broma de mal gusto, a lo sumo.

Intentó contactar con Toni pero tan sólo recibió el crepitar de la estática como respuesta. –Mierda ‑se dijo‑, espero que estén bien.


No es que estuvieran muy mal, pero sí bastante nerviosos. Aunque como para no estarlo.

‑Verás, tío, en la planta de abajo están los padres de María junto su prima Mónica y su novio –explicó Jaime.

‑Bueno y, ¿cuál es el problema? –preguntó inquieto Toni.

María estaba sentada hecha un ovillo, sollozando. –El problema es que les pasa algo raro –dijo sin saber cómo explicarlo.

‑No nos estamos enterando, explícate de una vez, coño –se enfadó Jorge.

Inspiró profundamente, sin atreverse siquiera a mirar a su esposa y comenzó a contarles:

‑Estábamos todos abajo. Como los otros cuatro estaban enfermos decidimos que era mejor que se quedaran todos juntos en el dormitorio de invitados, que es el más grande. Al principio nos limitamos a llevarles agua y hielo, no eran capaces de ingerir nada sólido. Su estado era idéntico, empeoraban a la vez y con los mismos síntomas. Más tarde ya no bebían ni agua, así que les llevaba hielo de vez en cuando para intentar bajarles la fiebre –hizo una pausa para beber un trago de agua‑. Nosotros decidimos pasar la noche en el salón, intentando en vano distraernos algo con la tele. Apenas hace un par de horas, mientras María estaba en el baño, su primo irrumpió en el salón. Sus ojos estaban totalmente enrojecidos, estaba fuera de sí. Por la comisura de sus labios se deslizaba una especie espuma, como si estuviera rabioso o algo así. En ningún momento dio muestras de reconocerme. Sin mediar palabra se arrojó sobre mi e intentó arañarme y morderme, joder era increíble la fuerza que tenía. Casi no podía sujetarlo y si no llega a ser por María, que oportunamente volvió del baño y le clavó el palo de la fregona en la espalda, en vez producirme unos rasguños y arañazos, quizás me hubiese herido de gravedad.

‑Coño, no sé qué decir… ‑tartamudeó Jorge con una expresión de incredulidad.

‑Espera –pidió Jaime‑, que aún hay más. Con el puto palo clavado en la espalda, un palmo diría yo, el tío va, se levanta y se dirige a por ella. Desesperado, busqué algo con qué defendernos y al final, sin miramientos, le clavé el atizador en la nuca.

‑Luego papá y mamá… ‑balbuceó llorando María.

‑Tranquila cielo, ya se lo digo yo –intentó calmarla‑. Estábamos totalmente acojonados, reponiéndonos de la impresión, cuando empezamos a oír arañazos provenientes de dónde estaban los otros tres. No nos paramos a ver qué coño pasaba, cogí el radioteléfono y salimos pitando cerrando la puerta con llave. Luego decidimos llamaros –concluyó sudoroso mirando a Toni.

‑No tengo la más remota idea de qué hacer –manifestó encogiéndose de hombros‑. Yo desde luego no pienso entrar ahí, y menos con una pistola sólo. Voto por avisar a Carlos, a lo mejor ha averiguado algo que ignoramos o ha hablado con Sonia y hay nuevos datos… Propongo llamarlo, que venga y decidimos todos juntos, ¿alguna idea mejor?

Obtuvo cruces de miradas y silencio absoluto.

‑Bien, me acercaré con la moto a dónde haya cobertura y lo llamaré por radio. Os dejo el arma –continuó Toni entregándosela a Jorge.
María se levantó, le dio un beso y volvió a su sitio llorando otra vez. Los demás no dijeron nada, era innecesario. Se despidieron mirándose a los ojos, sin decir palabra.

martes, 17 de junio de 2008

Capítulo 22

Capítulo 22

Priest estaba alojado en un céntrico hotel de Vigo, situado en la avenida García Barbón. El día que llegó había tomado un taxi y le había ordenado que lo trajese aquí. Esta vez había abonado la carrera. El taxista nunca supo lo cerca que le había rondado la muerte, aunque apenas había ganado un par de días extra.

Se había registrado usando uno de sus pasaportes falsos. Esta vez era un escocés retirado que viajaba por placer, en busca de nuevos campos de golf.

Había dado instrucciones precisas para que no lo molestasen bajo ningún concepto, ni siquiera para que arreglasen su habitación. Decidió esperar al ocaso para emprender viaje en dirección norte.

Se sentía profundamente atraído hacia Duncan, notaba su presencia. Sabía que él vendría a su encuentro, pero prefería tomarlo por sorpresa, sin que lo esperase. Tenían una especie de conexión mental inexplicable. Este sexto sentido apenas estaba desarrollado en Charles, únicamente notaba su presencia a unas decenas de metros. Al contrario que él. Podía sentirlo, incluso visualizar dónde se encontraba a cientos de kilómetros de distancia.

Definitivamente él representaba la evolución. Era un ser a todas luces superior, mejorado en casi todos los aspectos, y ahora, gracias a la estupidez humana, había llegado su hora. Su momento. Su reinado. El mundo en sus manos. El mero hecho de fantasear con su futuro le abrió el apetito y le produjo una gran excitación sexual. No se había alimentado desde que salió de Londres.

Abrió la puerta de su habitación y se dirigió a la de al lado. Llamó suavemente a la puerta. Un adolescente abrió la puerta con cara de pocos amigos. –Pobre –pensó‑, seguramente acababa de interrumpir a una pareja en su ritual de apareamiento. Excelente.

‑Buenas tardes, me llamo Priest –la voz sonaba sensual, cálida, atrayente, arrebatadora.

La expresión del adolescente mutó del odio a la más absoluta candidez.

‑¿Me permites pasar? –susurró mientras el chico le franqueaba la entrada con absoluta fascinación.

‑Fácil, muy fácil –pensó.



Antes de salir en dirección a Arteixo, informaron a Carlos de la situación. Llegaron a la conclusión de que era mejor que fueran ellos dos solos, ya que, con los controles podría complicarse todo aún más.

Toni le puso al corriente de todo y después de desearles suerte y cortar la comunicación, se derrumbó en su sofá, destrozado, incapaz siquiera de soltar una lágrima.

Tomaron la carretera antigua, con la esperanza de que los controles estuvieran sólo en la autovía. Se equivocaron. Lo vieron de lejos y decidieron dar la vuelta y buscar otra opción.

‑¿Crees que podríamos llegar al alto de la Zapateira? –preguntó Jorge.

‑Podríamos intentarlo campo a través, porque por la avenida tenemos un control de salida. ¿Conoces otro camino?

‑Sí, si logramos llegar allí, podríamos ir por una carretera secundaria e incluso por una pista forestal que conozco. No creo que la tengan controlada.

‑Pues no hay más que hablar, allá vamos.

Lograron llegar al alto sin problemas, aunque bastante doloridos. De allí a la casa de los padres de María fue más sencillo. Tal y como predijo Jorge, los militares no conocían la zona y la carretera no estaba cortada.

La casa era sencilla, antigua. Constaba de dos plantas, el acceso a la superior era por una escalera exterior. El cierre de la finca era común, hecho con bloque, apenas llegaba a los dos metros de altura.

El portal de entrada estaba abierto. Pasaron y lo cerraron. Dejaron la moto frente a la entrada de la casa y llamaron al timbre. Nada. Sin respuesta.

De repente oyeron unos golpes en una puerta interior y una especie de jadeos.

‑¿Pero qué cojones ha sido eso y dónde están estos tíos? –se alarmó Jorge.

‑¡Aquí! –se oyó la voz de Jaime proveniente de la segunda planta.

Subieron las escaleras y se encontraron con sus amigos, se abrazaron efusivamente, como si hiciera meses que no se veían. María tenía los ojos llorosos y temblaba.

‑Pasad ya –ordenó Jaime nervioso mientras cerraba la puerta y ponía el seguro.

‑¿Dónde está Esther? –inquirió María temiéndose lo peor.

Toni negó con la cabeza. María corrió a abrazarse a Jorge, bañada en lágrimas mientras Jaime preguntaba a Toni con la mirada. Como toda respuesta, bajó los ojos, avergonzado. Comenzó a narrar lo sucedido, totalmente avergonzado.

‑Cómo has podido hacer semejante locura –le reprochó María furiosa.

‑Cállate María, lo hubiese hecho yo, pero me lo impidió –zanjó la conversación Jorge.

‑Pues aquí estamos más jodidos –declaró Jaime.
‑¿A qué te refieres? –preguntó Jorge.

martes, 10 de junio de 2008

Capítulo 21

Capítulo 21

Al contrario que el pasado día, el tráfico era prácticamente inexistente. Cuando llegó a la entrada de la ciudad, a la altura del centro comercial donde habían hecho la compra el sábado, se encontró un control militar.

Apenas había un par de vehículos parados delante de él. Cuando le tocó su turno le pidieron la documentación, le preguntaron de dónde venía, cuál era el motivo de su viaje, etc. Las típicas preguntas esperadas. Después de contar que regresaba a su domicilio, ya que ayer estaba en su casa del pueblo y no le había dado tiempo a volver debido al toque de queda, le dejaron pasar, no sin antes advertirle que no podría salir de la ciudad en unos días.

Siguió su camino, maldiciéndose por no haber pensado que podría entrar, justificando que vivía en la ciudad, pero que no sería tan fácil salir. –Bueno –pensó‑ veremos si puedo salir o no.

Se concentró en la conducción y en diez minutos llegó a casa de sus amigos. Vivían en el barrio del Agra del Orzán, donde ambos habían nacido, aunque en un bonito piso que habían comprado este mismo año.

Puso el candado en su moto y llamó al timbre. Pese al inicial rechazo por parte de Jorge a que subiera, al final accedió, no sin antes dedicarle unos improperios a los que Toni no dio la más mínima importancia.

Cuando llegó se encontró a su amigo. Al menos lo parecía. Estaba totalmente demacrado, con unas profundas ojeras, desaliñado. Incluso se podría decir que había adelgazado visiblemente en un par de días. Se dieron un abrazo.

‑Tío estás hecho un verdadero asco –bromeó intentando levantarle el ánimo.

‑Cómo coño quieres que esté –respondió huraño.

Pasaron al dormitorio principal y la escena que vio hizo que se le erizara todo el vello del cuerpo. Los padres de Esther estaban en ropa interior acostados encima de la cama, sudando copiosamente. Sus rostros, en una mueca constante de dolor, estaban lívidos, cuando debían estar enrojecidos debido al calor. Sus pechos apenas se elevaban trabajosamente con cada respiración.

Jorge se acercó a ellos e inútilmente intentó que ingirieran un poco de agua. Les secó el sudor y salieron de la habitación cerrando la puerta detrás de ellos.

‑¿Por qué no les pones un poco de hielo, a ver si les baja la fiebre? –preguntó con lógica Toni.

‑Casi no me queda para Esther –sollozó‑, y ella va primero.

Esta vez no hizo ningún comentario, su amigo estaba pasando por un puto infierno. Sólo se le ocurrió apretarle cariñosamente un hombro y seguirlo al otro dormitorio. Sobraban las palabras.

Toni inspiró profundamente antes de entrar en el otro cuarto y se juró no mostrar ninguna emoción. Estaba allí para dar ánimos, no para desanimar.

Abrieron la puerta y entraron. Jorge portaba dos pequeñas bolsas con hielo. Se acercó a Esther, la besó con cariño y le susurró unas palabras que Toni no llegó a oír.

Estaba prácticamente como sus padres, en estado comatoso, sudando a mares. Colocó las bolsas bajo sus axilas, sin poder aguantar el llanto y le secó el sudor. Toni se acerco y le dio un beso. Las lágrimas empezaron a correr por sus mejillas. Lo intentó con todas sus fuerzas pero no pudo evitarlo. Salió de la habitación y los dejó a solas, no podía seguir allí viendo como su amiga se consumía sin remedio.

Jorge salió a los cinco minutos, totalmente decaído. Se fueron al salón.

‑Tío te he preparado una ensalada, tienes que comer algo –le dijo Toni ofreciéndole una cerveza.

‑No tengo ganas, gracias.

‑Me da igual, tienes que comer –ordenó Toni enfadado.

Era raro verlo enfadado, así que consiguió que Jorge comenzara a comer algo. Finalmente dio buena cuenta de un par de cervezas y de toda la ensalada. A saber lo que llevaba sin comer, pensó Toni. Se quedaron los dos dormidos.

Unos ruidos provenientes de la habitación de los padres de Esther despertaron a Toni media hora después.

Decidió ir a echar un vistazo y dejar dormir a su amigo. El padre estaba convulsionando. Gemía de dolor. Se acercó a él y apreció que le salía sangre por la boca y nariz, se estaba ahogando con su propia sangre. Lo puso de lado, intentando en vano salvar su vida. Era tarde. En un estertor final, tensó todo su cuerpo sentándose en la cama, abrió los ojos como intuyendo su final y se desplomó sin vida, librándose de una agonía infernal. Se fijó en que su esposa ya no respiraba. Los dos habían fallecido y parece ser que entre tremendos dolores. La cama estaba totalmente empapada de sangre, que ya llegaba al suelo.

Se giró para salir de ese cuarto lleno de muerte y vio a Jorge apoyado en el marco de la puerta. Su expresión era el vivo reflejo de la desesperación. Cruzaron sus miradas, comprendiendo el terrible destino que le esperaba a Esther. Salieron para siempre de esa habitación y se dirigieron a la otra.

Su estado no había cambiado, apenas realizaba dos o tres respiraciones por minuto. Jorge, bañado en lágrimas se acercó a ella y la abrazó. Finalmente le dio un prolongado beso y se levantó dirigiéndose hacia Toni.

‑Déjame tu arma –rogó desesperado.

‑¿Pero qué cojones dices? –preguntó totalmente asombrado.

‑No pienso dejarla morir así, tienes que entenderlo –imploraba llorando como un niño‑. Por favor amigo, dame tu arma.

A Toni se le hizo un nudo en la garganta. Se le estaba cayendo el mundo encima. Maldita sea no podía permitirle hacer eso. No, su amigo no.

‑Yo lo haré –contestó él mismo sorprendido por su repentina decisión‑, no puedo dejarte que te despidas de ella de esta manera, no te lo perdonarías en toda tu vida.

‑No…

Lo sujetó por el antebrazo, interrumpiéndolo. –Tú harías lo mismo. Sal de la habitación. Ahora –ordenó impasible.

Jorge salió dócilmente y se dirigió a la cocina tapándose los oídos, totalmente desconsolado. Toni cerró la puerta y llorando como nunca lo había hecho en su vida se acercó a su amiga. –Te quiero Esther, nunca te olvidaremos. Le dio un beso, sacó su arma e hizo lo que tenía que hacer.

El estampido sonó como un trueno cercano. Jorge gritó desesperado y corrió hacia la habitación; se encontró con Toni, ya cerrando la puerta.

‑No puedes entrar. Ya no está con nosotros –balbuceó mientras se abrazaban.

‑Vámonos de aquí, no puedo quedarme un segundo más en esta casa –rogó Jorge.

‑De acuerdo, coge una cazadora, he traído la moto.

Cuando estaban bajando las escaleras la radio crepitó: ‑Chicos, ¿podéis oírme? –la voz de Jaime sonó muy débil, apenas audible.

‑Dime, soy Toni, estoy en casa de Jorge.

‑Tenemos… proble… ayud…podéis… ‑la transmisión sonaba entrecortada.

‑¿Qué pasa, casi no te entiendo? ¿Estáis bien? –preguntó casi a gritos Toni.

Nada. Sólo oyeron más estática.

‑Me cago en la hostia –maldijo Jorge‑ vamos a su casa, pueden estar en dificultades. ¿Sabes dónde están?

‑Sí, en casa de los padres de María, cerca de Arteixo. Claro, por eso no los habrá oído Carlos, están demasiado lejos. Vamos –asintió Toni, pensando ya el itinerario alternativo en caso de encontrarse controles.

viernes, 6 de junio de 2008

Capítulo 20

Capítulo 20

Domingo, 30 de marzo de 2008

Charles abrió los ojos lentamente. La luz del alba se filtraba a través de la delgada cortina blanca, dejando entrever un cielo límpido de un azul intenso. El sudor corría por todo su cuerpo y notaba que la cabeza le iba a estallar, le latían las sienes con fuerza, como un martilleo intenso y constante. Se giró y vomitó sin control, lo que además le produjo unos tremendos calambres en su estómago. El dolor le hizo caer al suelo retorciéndose. Logró incorporarse, ni se acordó de mirar el lecho de al lado, y llegar tambaleándose al cuarto de baño. Vio las bolsas de hielo en la bañera y en un instante de lucidez se introdujo en ella, desmayándose en el acto.


Carlos había pasado casi toda la noche en vela. No dejaba de pensar en Sonia. Se levantó sobre las ocho de la mañana y preparó café; Toni apareció casi de inmediato, con cara de pocos amigos.

‑¿Qué hora es? –preguntó medio dormido.

‑Las ocho en punto –contestó Carlos.

‑No has dormido, verdad –se interesó Toni.

‑No mucho. He descansado eso sí.

‑¿Cuál es el plan para hoy, qué has pensado?

‑Esperaremos un par de horas y llamaremos a los demás a ver cómo están, ¿te parece?

‑Por mí estupendo, tío. Pero antes habrá que desayunar, ¿no?


Una vez que se asearon y cargaron de combustible su organismo pasaron al salón para llamar a sus amigos.

Como habían previsto, había un colapso total, al intentar telefonear el mensaje era siempre el mismo: “Nuestras líneas están ocupadas, por favor, inténtelo más tarde”.

‑Imposible con mi móvil –afirmó Toni.

‑Bueno, para eso compramos los radioteléfonos –dijo con una sonrisa de triunfo Carlos.

‑Vale, vale, a mi no se me hubiera ocurrido, lo reconozco –confesó.

María y Jaime habían decidido pasar estos días con los padres de ella en su casa, en un pueblo de las afueras y dijeron que llamarían si había novedades. La conversación fue breve, no había ánimo para más.

La situación era bastante peor en otro lugar. Esther estaba enferma. Aunque Jorge le había inyectado la vacuna a la mañana siguiente, parece ser que había llegado tarde y no había hecho efecto. Sus padres estaban, según él, en las últimas, habían acudido a pasar la enfermedad con su hija.

El desenlace en todos los casos parecía que iba a ser fatal.

‑Joder Jorge está a punto de derrumbarse –comentó un también triste Carlos.

‑Qué te parece si me voy a su casa –sugirió Toni.

‑Magnífica idea, no vaya a ser que Jorge cometa alguna estupidez –le respondió su amigo.

‑¿Vas a ir a ver a Sonia?

‑No, en principio la llamaré. Si no me dice lo contrario, prefiero no ir allí a molestar –contestó dubitativo Carlos.

‑Venga tío, no te vengas abajo. Me llevo la moto, podré moverme mejor por la ciudad, ¿te parece?

‑Sí, perfecto, será lo mejor. Y llévate la pistola y tu radioteléfono, nunca se sabe…

‑No creo que me haga falta el arma, no seas alarmista –replicó Toni.

‑¡Coño, qué más te da! No te cuesta nada, en el peor de los casos no la desenfundarás, pero me sentiré más tranquilo si te la llevas –le reprendió Carlos.

‑Vale, vale, no discuto.

Se despidieron con un fuerte abrazo. –Cuídate y vuelve de una pieza, capullo –murmuró Carlos al borde de las lágrimas.Toni, visiblemente emocionado, no respondió. Salió de la casa, montó en su moto y se fue en dirección a La Coruña.

lunes, 2 de junio de 2008

Capítulo 19

Capítulo 19


El resto del día, Toni y Carlos, lo pasaron en casa, informándose a cada rato por la televisión o la radio de cómo transcurrían los acontecimientos.


Tal y como había previsto el norteamericano, a las ocho de la tarde anunciaron el estado de excepción en todo el país, con toque de queda desde las diez de la noche hasta las ocho de la mañana. Los militares tomaron el control de todas las ciudades, ayudados, eso sí, por los distintos cuerpos de seguridad.

Se produjeron múltiples episodios de saqueos y atracos. A causa de los mismos, ya se habían contabilizado más de cien muertos en todo el territorio nacional. A pesar de los innumerables llamamientos a la calma en los diferentes medios de comunicación, por parte de las autoridades, el pánico se había instalado ya en todos los hogares.

Los centros sanitarios y los nuevos puntos de atención médica de emergencia creados no daban abasto; todas las farmacias del país se habían quedado sin existencias de analgésicos, antibióticos y calmantes en general. Muchas habían sido saqueadas.

Todos los grandes centros comerciales, ante el cariz que estaban tomando los acontecimientos, decidieron cerrar sus puertas, medida que fue imitada por el pequeño comercio. A las cinco de la tarde no había una sola tienda abierta en toda España; poco a poco se fueron uniendo los establecimientos hosteleros. Una hora más tarde en las ciudades sólo se veían vehículos dirigiéndose a sus domicilios o centros médicos. No se observaban apenas personas a pie.

Las televisiones prácticamente no informaban de la evolución de la epidemia, por lo que la ciudadanía en su mayoría optó por informarse a través de internet, colapsando la red. Aun así muchos pudieron informarse que en otros países la situación era similar o peor.

En E.E.U.U. –país de donde provenían más noticias‑, se habían dado los primeros casos de fallecimiento debidos, previsiblemente, a la epidemia.


Un George Bush visiblemente demacrado y enfermo, compareció a las cuatro de la madrugada hora española, comentando lo ya conocido en España y añadiendo que sabían quienes eran los responsables y que actuarían en consecuencia, usando, de ser necesario, todo su potencial bélico. Ni una palabra, eso sí, sobre que no se trataba de una simple gripe.

Gracias a algunos internautas se supo que los norteamericanos habían entrado, después del discurso, en DEFCON 2[1], nivel sólo alcanzado anteriormente durante la crisis de los misiles de Cuba, en 1962.

Más tarde, cuando España dormía todavía, se filtraron los primeros rumores, extendidos principalmente en Sudamérica, sobre otros efectos de la epidemia; se hablaba de casos de rabia entre los supervivientes, pero en ningún caso había pruebas documentales de ello.


La IV Flota norteamericana abandonaba su destino, Sudamérica, para pasar a patrullar frente a la costa este, como previsión a supuestas agresiones. La Flota del Pacífico se dirigía, a su vez, a la costa este.

Mientras tanto la VI Flota daba por concluidas unas maniobras en el norte de África y navegaba, rauda, a relevar a la V Flota posicionada en el Golfo Pérsico, que a su vez forzaba máquinas para llegar lo antes posible a las cercanías de Japón.

Pese a que a la vista de los satélites parecía que los norteamericanos tomaban únicamente posiciones defensivas, no era del todo cierto. Todos los submarinos clase Ohio[2] habían recibido órdenes, veinticuatro horas antes, de posicionarse en diferentes puntos de ataque estratégicos. Habían sido informados por el propio Jefe del Estado del ataque que había sufrido su país, a fin de disipar posibles dudas en la cadena de mando ante la eventual orden de abrir fuego.

Con lo que no contaban los gobiernos era con que la epidemia hubiese llegado a las diferentes armadas, que junto con los ejércitos de tierra comenzaban a estar diezmados. Se habían librado, en principio, la mayor parte de los submarinos, por no estar en puerto al comenzar los ataques.

Al mismo tiempo, a la base de Eielson, en Alaska, comenzaron a llegar los primeros bombarderos B-52, cargados con bombas de gravedad B53, de nueve megatones.

Estados Unidos preparaba su respuesta y parecía que iba a ser contundente.

[1] Acrónimo de DEFense CONdition, condición o estado de defensa, siendo el nº5 el más bajo y el nº1 el más alto.
[2] Clase de submarinos con propulsión nuclear y armados con veinticuatro misiles balísticos Trident II. E.E.U.U. posee catorce de ese tipo y cuatro más con misiles Tomahawk de cabeza convencional.